Hubo momentos, a lo largo de la historia, en los que emitir y dar a conocer una opinión sobre alguna materia era tarea difícil, sino francamente imposible: en regla general, entre la censura, la inexistencia de medios de comunicación masivos y la falta de instrucción básica de los pueblos, la última palabra, en todo ámbito de cosas, la tenían algunos que otros eruditos que se las arreglaban, de una u otra manera, para librarse de las labores domésticas y dedicarse así enteramente a la labor reflexiva. La discusión intelectual quedaba de esta manera en manos de unos pocos sabios que podían darse el lujo de entregarse en cuerpo y alma al supremo placer del otium.
En los tiempos que corren, el asunto ha cambiado radicalmente, y pareciera que estamos en la situación diametralmente opuesta: en la era de la internet, el intercambio de información ya no es privilegio de unos pocos, sino más bien la realidad de la mayoría. Quienquiera que sea tiene, mediante el acceso a la red, la posibilidad de intercambiar opiniones, emitir juicios y escribir sobre lo que se le plazca, sin límite alguno, y las más de las veces con la desfachatez de quien no tiene autoridad en el tema y esconde, con descaro, la pluma detrás de la impunidad que otorga el ciberespacio. Así, paradojalmente, estamos frente a una ecuación a lo menos curiosa: a mayor información, mayor desinformación. En esta tierra de nadie, cualquier individuo puede subir a la red cualquier tipo de opiniones sobre cualquier tema, con la sola supervisión de su consciencia que, lejos de interpelar, tiende a inducir a la complicidad. (Por ello, por ejemplo, en materia de investigación, entre una biblioteca clásica y la red, no dudamos en inclinarnos por la primera)
Sea como fuere, importa aquí dejar en claro las pretensiones de quienes estamparán sus firmas en estas páginas virtuales.
Primero, debemos dejar constancia de que estas páginas aspiran fundamentalmente a desarrollar y practicar el ejercicio de la escritura. Ahora bien, no se trata ciertamente de escribir por escribir: si así fuera, bastaría con coger una pluma y lanzarse a traspasar a alguna hoja virgen palabra tras palabra, sin publicar nada. Se trata más bien de practicar el arte de escribir junto con dar a conocer, a aquellos que se puedan sentir interpelados, textos que los que aquí escribímos pensamos pueden suscitar algún tipo de interés.
Segundo, debe quedar establecido de que todo lo que aquí se escriba estará motivado principalmente por los dos puntos mencionados con anterioridad, sin pretensión alguna de tener la última palabra en la materia de discusión de turno. Incluso, hay que señalar que hubo un tiempo en que los que aquí escribímos interpretamos a nuestra manera y al pie de la letra le mot de Wittgenstein: "Sobre lo que no se puede hablar, mejor callar", dando nuestras opiniones sobre los más diversos temas a modo de susurros, sin ánimo de hacerlas oficiales. Pensábamos que comunicar oficialmente una opinión sobre cualquier tema de mediana complejidad y hacerse cargo de ella implicaba asumir responsabilidades de autoridad temática que no estábamos dispuestos a aceptar. Sin saberlo, estábamos presos de la tiranía de la auto censura, aquella que nos impedía emitir algún tipo de opinión oficial sobre aquello que no dominábamos. Pero entendámosnos bien: ¿Quién domina qué, en sentido estricto? Si hoy publicamos, es porque lo hacemos bajo el alero de quienes reconocen que quizá muy poco saben sobre el tema en cuestión pero que tienen, a su vez, consciencia de que la ignorancia del que sabe que no sabe constituye el primer y legítimo paso hacia el camino del saber.
Por último, manténgase presente, en cada lectura de cada línea de los textos por venir, lo recién mencionado: he aquí el espíritu general de estas páginas. Finalmente, tenga la bondad de recibir, estimado lector, nuestros más cordiales saludos y las correspondientes muestras de agradecimiento por su atención.
Atentamente, el comité editorial.
En los tiempos que corren, el asunto ha cambiado radicalmente, y pareciera que estamos en la situación diametralmente opuesta: en la era de la internet, el intercambio de información ya no es privilegio de unos pocos, sino más bien la realidad de la mayoría. Quienquiera que sea tiene, mediante el acceso a la red, la posibilidad de intercambiar opiniones, emitir juicios y escribir sobre lo que se le plazca, sin límite alguno, y las más de las veces con la desfachatez de quien no tiene autoridad en el tema y esconde, con descaro, la pluma detrás de la impunidad que otorga el ciberespacio. Así, paradojalmente, estamos frente a una ecuación a lo menos curiosa: a mayor información, mayor desinformación. En esta tierra de nadie, cualquier individuo puede subir a la red cualquier tipo de opiniones sobre cualquier tema, con la sola supervisión de su consciencia que, lejos de interpelar, tiende a inducir a la complicidad. (Por ello, por ejemplo, en materia de investigación, entre una biblioteca clásica y la red, no dudamos en inclinarnos por la primera)
Sea como fuere, importa aquí dejar en claro las pretensiones de quienes estamparán sus firmas en estas páginas virtuales.
Primero, debemos dejar constancia de que estas páginas aspiran fundamentalmente a desarrollar y practicar el ejercicio de la escritura. Ahora bien, no se trata ciertamente de escribir por escribir: si así fuera, bastaría con coger una pluma y lanzarse a traspasar a alguna hoja virgen palabra tras palabra, sin publicar nada. Se trata más bien de practicar el arte de escribir junto con dar a conocer, a aquellos que se puedan sentir interpelados, textos que los que aquí escribímos pensamos pueden suscitar algún tipo de interés.
Segundo, debe quedar establecido de que todo lo que aquí se escriba estará motivado principalmente por los dos puntos mencionados con anterioridad, sin pretensión alguna de tener la última palabra en la materia de discusión de turno. Incluso, hay que señalar que hubo un tiempo en que los que aquí escribímos interpretamos a nuestra manera y al pie de la letra le mot de Wittgenstein: "Sobre lo que no se puede hablar, mejor callar", dando nuestras opiniones sobre los más diversos temas a modo de susurros, sin ánimo de hacerlas oficiales. Pensábamos que comunicar oficialmente una opinión sobre cualquier tema de mediana complejidad y hacerse cargo de ella implicaba asumir responsabilidades de autoridad temática que no estábamos dispuestos a aceptar. Sin saberlo, estábamos presos de la tiranía de la auto censura, aquella que nos impedía emitir algún tipo de opinión oficial sobre aquello que no dominábamos. Pero entendámosnos bien: ¿Quién domina qué, en sentido estricto? Si hoy publicamos, es porque lo hacemos bajo el alero de quienes reconocen que quizá muy poco saben sobre el tema en cuestión pero que tienen, a su vez, consciencia de que la ignorancia del que sabe que no sabe constituye el primer y legítimo paso hacia el camino del saber.
Por último, manténgase presente, en cada lectura de cada línea de los textos por venir, lo recién mencionado: he aquí el espíritu general de estas páginas. Finalmente, tenga la bondad de recibir, estimado lector, nuestros más cordiales saludos y las correspondientes muestras de agradecimiento por su atención.
Atentamente, el comité editorial.
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