miércoles, 25 de abril de 2007

Satanás o la virtud de la negación

Hay interpretaciones históricas que provocan un consenso casi absoluto en la comunidad del honnête homme; las hay también que, lejos de provocar unanimidad, generan fructíferos debates; dentro de las primeras, nos encontramos, a título de ejemplo, con las interpretaciones sobre la Revolución Francesa o sobre el rol jugado por las potencias aliadas en la Segunda Guerra Mundial, mientras que dentro de las segundas nos topamos -siempre a título meramente ilustrativo- con las lecturas sobre los golpes de estado en la América Latina de la Guerra Fría o sobre la intervención francesa en tiempos de la colonización de Argelia. Sin embargo, junto con estas interpretaciones históricas, persisten algunas que no solo generan un consenso de tipo dogmático que desecha cualquier posibilidad de debate, sino que revelan cuan injusto y poco acertado puede ser el juicio de la Historia -o más bien de quienes la escriben- con algún personaje o hecho históricos. Para que quede claro: este texto pretende reivindicar y hacer justicia con la imagen de uno de los personajes más injustamente odiados y vilipendiados de la Historia Universal. Para ser más precisos: pretendemos, en lo posible, otorgarle a dicho personaje el pedestal histórico que se merece y que la Historia le ha indebidamente negado. El objetivo es simple: rehabilitar aquello que fue tergiversado; la tarea, complicada: nuestras pretensiones son, a todas luces, mínimas. La invitación, sin embargo, ya ha sido formulada y la suerte echada, por lo que proclamamos alto y fuerte: ¡Bienaventurado Lucifer, ángel de estirpe libertaria, patrón de los libre pensadores, general de mil batallas filantrópicas, tan corajudo y valiente como tu rebeldía angelical que nos entregó las llaves del paraíso, he aquí, humildemente, tu justa y merecida oda!
Nuestra tradición judeocristiana, basada en el libro -biblios-, nos describe el orígen del universo siguiendo el esquema explicativo en boga en la época: el mito. Dios crea el universo haciendo uso del logos o de la palabra creadora y junto con esto, crea al hombre a su imagen y semejanza: hasta aquí todo bien. El problema surge con la aparición del ángel caído en medio del idilio de aquella criatura primera y sumisa que se paseaba ingenuamente por los jardines del edén, sometida y presa, en ese entonces, del yugo autoritario y engreído del prohibicionismo divino, mientras que aquella otra criatura, nacida de la cirugía divina al cuerpo masculino, nutrida ya de ciertos aires de personalidad y con ribetes de desconfianza fundada, daba indicios de sus primeros pasos hacia la tierra de la libertad. Fue así como, ante la prerrogativa divina que otorgaba la posibilidad de disponer de la totalidad de los frutos del apacible jardín con excepción de aquel que pendía del árbol del conocimiento del bien y del mal, la abulia y sumisión de la criatura primera, quien no fue lo suficientemente fuerte y valerosa como para afirmarse como un ser genuinamente libre y autónomo, contrastaban poderosamente con la inquietud innata, la fuerza creadora y el respetable irrespeto que demostró tener la fémina en momentos en que mordisqueó sabrosa y celosamente el fruto prohibido, incentivada por su nuevo amigo: el atractivo Lucifer travestido de serpiente -¡serpiente que, dicho sea de paso, no serpenteaba antes de inducir a la tentación: debo reconocer que mi imaginación es demasiado pobre y estéril como para lidiar con este tipo de problemas!- Así, la constatación resulta clara; el hecho, evidente: el primer acto de genuina rebeldía en la Historia, reflejado en la gustosa mascada a la manzana obsequiada a Eva por Satanás, nace de una relación diabólica, protagonizada por Lucifer y la primera mujer -justamente los dos seres, por lo demás, (¡vaya menuda coincidencia!) más repetidamente relegados a lo largo y ancho de la Historia-, unión cómplice a la que se sumará de manera inmediata el hombre, víctima tentada y, como sabemos también, futuro victimario (Nótese: El problema análogo al que estamos analizando, esto es, el problema tanto del relego como del desprecio históricos -del hombre, dicho sea de paso- hacia la mujer, considerada durante mucho tiempo con suerte como un ser de segunda categoría, merece su propio espacio de análisis; y si bien somos conscientes de que en ciertos aspectos este problema se cruza y enlaza en numerosos puntos con el tema que da origen al presente texto, nos parece oportuno dejarlo momentáneamente de lado: la precisión y la claridad, virtudes de por sí ya difíciles de cumplir, obligent: la respectiva y merecida oda a la mujer queda provisionalmente en suspenso)
El alcance de este coqueteo entre Lucifer y Eva no ha sido del todo dimensionado: si Lucifer tiene el mérito de ser el primer ser en pronunciar lisa y llanamente en NO fundador, la mujer representa el primer ser que tuvo la valentía y el honor de experimentar este acto de rebeldía insumisa y de tomar el difícil -y no menos riesgoso- sendero de la autonomía plena, insatisfecha con un estado de cosas que implicaba prohibiciones y limitaciones que consideró inaceptables. Frente al dogmatismo y al pensamiento dirigido, Eva prefirió la senda del pensamiento libre, autónomo y crítico. ¿Cómo iba a pensar Dios que entre su séquito de ángeles, dentro de esa mismísima tropa de soldados obedientes, paramilitares de las buenas costumbres y del buen pensar y guardianes del templo del conocimiento del bien y del mal, surgiría un disidente lo suficientemente fuerte como para estar dispuesto a asumir y cargar de por vida -eterna- con la cruz de la rebeldía y todo lo que ello implicaba? Los costos fueron altísimos: la oveja disidente, travestida de lobo libertario, al preferir la autonomía a la vida dócil, provocó la diatriba bravata del maître, quien no dudó un solo instante en privarlo sempiternamente de la paradisíaca contemplación divina.
Pero la osadía de quien prefirió hacerse cargo por sí mismo de su existencia a ser gobernado por dictámenes externos fue más fuerte: al inducir a Eva a probar el fruto que le abriría las puertas del conocimiento de lo bueno y de lo malo, Lucifer le enseñó a dicha criatura y con ello, a la humanidad entera, el poder de decir NO. No al pensamiento dirigido y masificado, no a la opinión impuesta, no a la ignorancia, no al servilismo, no al autoritarismo, no al dogmatismo, no al paternalismo, no al oscurantismo, no al prohibicionismo irracional; pero le enseñó también, a su vez, a decir SI, si al pensamiento informado y crítico, si al espíritu racional, si a la libertad, si a la autonomía, si al derecho a dudar, si a la voluntad potencialmente infinita en también infinitas posibilidades, si al diálogo, si a la vida, si al goce: la dialéctica tiene bel et bien su origen en las profundidades del infierno. Así, la negación fundadora pare la afirmación creadora: tesis y antítesis se funden en un meneo dialéctico cuyo resultado es el tan preciado NO afirmativo, momento esencial del juego dialéctico, pues la negación por sí sola mucho no genera. La mera negación sola no basta: hace falta el SI emprendedor, aquel que se disfraza de voluntad de poder sobre la base de la tabula rasa exigida y realizada por el NO fundador. De esta manera, la negación diabólica representada por la actitud rebelde e insurgente frente al prohibicionismo divino, junto con el SI enmancipador, constituyen el primer paso hacia el campo del genuino conocimiento canalizado en la opinión propia y, por extensión, al de la libertad. Si Eva decidió probar de la manzana, fue porque se consideró lo suficientemente madura como para distinguir por sí sola lo bueno de lo malo y lo malo de lo bueno, sin necesidad de recurrir para ello a opiniones externas. Así, del seno y de los senos de dicha criatura audaz se alimentan y nutren de ideales rebeldes, libertarios, demócratas y libre pensadores ansiosos por vivir en un mundo libre y autónomo: el espíritu crítico tiene manifiestamente un origen diabólico. Es más: de haber sido presentada a Aristóteles, el flechazo hubiera sido inmediato: el pensador griego hubiera visto en ella la encarnación misma del asombro, aquel instinto de propiedades intelectuales que se maravilla con el universo y que constituye el primer paso hacia el filosofar (Nótese: Por lo demás, no deja de ser curioso que tantos pensadores a lo largo de la Historia hayan relacionado el asombro con tal o cual filósofo, sin reparar en el asombro que manifestó Eva en su estadía en el afamado jardín, mientras su compañero deambulaba torpemente por allí, obnubilado por el enlabio divino: ¿Podrá Eva ser considerada algún día la primera filósofa? De ser así, estaríamos quizá frente al verdadero parricidio de la filosofía...quien sabe; lo cierto es que esta exclusión constituye una prueba más de la discriminación hacia la mujer)
Las consecuencias de la acción demoníaca están lejos de ser del todo dilucidadas. Mientras el mundo creado por Dios se caracterizaba por la restricción y la limitación, el mundo diabólico, derivado el divino, brota de entre las tinieblas de la ignorancia hacia la luz de la inteligenica, rico en contradicciones, desafíos e infinitas posibilidades cuyo único y verdadero límite viene dado por la muerte (Nótese: El reconocido problema de la muerte como posibilidad límite de la vida, vale decir, el problema del factum de la muerte, hecho estructural y esencial de la existencia y cuyo horizonte último está dado por la temporalidad -pues el mismísimo momento del nacimiento marca el punto de partida de la cuenta regresiva hacia el final: la vida acarrea estrctural e ineluctablemente la muerte-, puede ser sometido a discusión. Pues pareciera que hay casos en que la muerte no constituye un límite para el ser humano; se preguntarán ustedes: ¿Se estará haciendo referencia a la supuesta posibilidad que tiene el alma en llegar al cielo o a alguna teoría de moda sobre la reencarnación? Nada de eso. La muerte también discrimina: mientras el común de los mortales muere, los genios no, inmortalizados en sus obras. Así, la muerte no siempre representa necesariamente un escollo ineludible: a título de ejemplo, Pelé o Maupassant pueden ser considrados con propiedad como seres inmortales)
El mundo luciferiano exige la negación fundadora, la posterior confirmación y afirmación consciente de la negación precursora y el reconocimiento valeroso de que si bien el mal es parte constitutiva del mundo, el horizonte tanto teórico como práctico del quehacer humano debe de estar enfocado en la realización del bien, en la medida de lo posible materialmente hablando, en la medida de lo imposible voluntariamente hablando. La asunción del mundo en el que vivimos como un lugar contradictorio, complejo, repleto de todo tipo de obstáculos pero a la vez rico en infinitas, interesantes, sabrosas y tentadoras potencialidades hace al hombre más fuerte y lo acerca, sin lugar a dudas, a una visión más honesta y realista del mundo y de sí mismo. Un conspicuo hijo de Lucifer, desde esta perspectiva, es quien se erige desde el primer momento como un ser plenamente autónomo, quien toma consciencia de los límites ineluctables de la vida y de la existencia y quien, a pesar de esto, goza de motivación, intencionalidad, fuerza y voluntad para asumir el mundo tal y como es, con sus falencias y virtudes, y tal como él quiere que sea, rechazando cualquier tipo de dogma. Albert Camus tiene, al respecto, mucho que enseñarnos: un buen discípulo del requiebro entre Lucifer y Eva es quien, a imagen y semejanza de Sisífo, carga con el peso que conlleva la vida en este mundo con la altura de mira, la tenacidad y la fuerza intelectual y volitiva de quien ante la adversidad no bajará nunca los brazos y luchará sin tregua hasta que el suspiro final marque el fin de su historia.
Así, la historia de la libertad y del libre pensamiento le debe demasiado al momento fundador de la autonomía, a aquel instante en el que la sola pronunciación con consecuencias inimaginables de una sílaba cambió el rumbo del mundo, como para dejar de mencionar a algunos hijos ilustres nacidos del flirteo compinche y rebelde entre Lucifer y Eva: los hay en política -el ponedor de bombas en los trenes del ocupante nazi, el disidente en la Cuba castrista y castrada, el resistente chileno de antaño-; los hay en el arte -el dandismo insolente, la insurgencia melódica del punk-; los hay en el deporte -el velocista estadounidense que desafía al white power, cabizbajo y puño en alto enguantado de negro, durante los Juegos Olímpicos mexicanos-; los hay en el ámbito del pensamiento -como aquel orgulloso hereje de sangre italiana y linaje libre pensador que, siempre corajudamente fiel a sus ideas, mantiene sus dudas con respecto a la divinidad de Jesús y se rebela contra la intolerancia y arrogancia de la autoridad eclesiástica de la época, prefiriendo soportar ocho años de tortura, exilio, cárcel y terminar siendo quemado vivo como el mártir que quiso ser antes que convertirse en un siervo mas del pensamiento divinamente dirigido-: los hay en un sinnúmero de ámbitos de la vida humana. Los hay pocos, claro está: pero basta con recordar que una sola anécdota de vida de alguno de estos valerosos, corajudos y ejemplares hombres vale más que mil palabras. Tal es, finalmente, el lema del padre Lucifer y de la madre Eva, lema que algunos corajudamente hicieron, hacen y harán suyo hasta la muerte -literalmente-: Sapere aude! He aquí lo esencial. Amén.

martes, 10 de abril de 2007

Editoriaclaratoria de principios

Hubo momentos, a lo largo de la historia, en los que emitir y dar a conocer una opinión sobre alguna materia era tarea difícil, sino francamente imposible: en regla general, entre la censura, la inexistencia de medios de comunicación masivos y la falta de instrucción básica de los pueblos, la última palabra, en todo ámbito de cosas, la tenían algunos que otros eruditos que se las arreglaban, de una u otra manera, para librarse de las labores domésticas y dedicarse así enteramente a la labor reflexiva. La discusión intelectual quedaba de esta manera en manos de unos pocos sabios que podían darse el lujo de entregarse en cuerpo y alma al supremo placer del otium.
En los tiempos que corren, el asunto ha cambiado radicalmente, y pareciera que estamos en la situación diametralmente opuesta: en la era de la internet, el intercambio de información ya no es privilegio de unos pocos, sino más bien la realidad de la mayoría. Quienquiera que sea tiene, mediante el acceso a la red, la posibilidad de intercambiar opiniones, emitir juicios y escribir sobre lo que se le plazca, sin límite alguno, y las más de las veces con la desfachatez de quien no tiene autoridad en el tema y esconde, con descaro, la pluma detrás de la impunidad que otorga el ciberespacio. Así, paradojalmente, estamos frente a una ecuación a lo menos curiosa: a mayor información, mayor desinformación. En esta tierra de nadie, cualquier individuo puede subir a la red cualquier tipo de opiniones sobre cualquier tema, con la sola supervisión de su consciencia que, lejos de interpelar, tiende a inducir a la complicidad. (Por ello, por ejemplo, en materia de investigación, entre una biblioteca clásica y la red, no dudamos en inclinarnos por la primera)
Sea como fuere, importa aquí dejar en claro las pretensiones de quienes estamparán sus firmas en estas páginas virtuales.
Primero, debemos dejar constancia de que estas páginas aspiran fundamentalmente a desarrollar y practicar el ejercicio de la escritura. Ahora bien, no se trata ciertamente de escribir por escribir: si así fuera, bastaría con coger una pluma y lanzarse a traspasar a alguna hoja virgen palabra tras palabra, sin publicar nada. Se trata más bien de practicar el arte de escribir junto con dar a conocer, a aquellos que se puedan sentir interpelados, textos que los que aquí escribímos pensamos pueden suscitar algún tipo de interés.
Segundo, debe quedar establecido de que todo lo que aquí se escriba estará motivado principalmente por los dos puntos mencionados con anterioridad, sin pretensión alguna de tener la última palabra en la materia de discusión de turno. Incluso, hay que señalar que hubo un tiempo en que los que aquí escribímos interpretamos a nuestra manera y al pie de la letra le mot de Wittgenstein: "Sobre lo que no se puede hablar, mejor callar", dando nuestras opiniones sobre los más diversos temas a modo de susurros, sin ánimo de hacerlas oficiales. Pensábamos que comunicar oficialmente una opinión sobre cualquier tema de mediana complejidad y hacerse cargo de ella implicaba asumir responsabilidades de autoridad temática que no estábamos dispuestos a aceptar. Sin saberlo, estábamos presos de la tiranía de la auto censura, aquella que nos impedía emitir algún tipo de opinión oficial sobre aquello que no dominábamos. Pero entendámosnos bien: ¿Quién domina qué, en sentido estricto? Si hoy publicamos, es porque lo hacemos bajo el alero de quienes reconocen que quizá muy poco saben sobre el tema en cuestión pero que tienen, a su vez, consciencia de que la ignorancia del que sabe que no sabe constituye el primer y legítimo paso hacia el camino del saber.
Por último, manténgase presente, en cada lectura de cada línea de los textos por venir, lo recién mencionado: he aquí el espíritu general de estas páginas. Finalmente, tenga la bondad de recibir, estimado lector, nuestros más cordiales saludos y las correspondientes muestras de agradecimiento por su atención.

Atentamente, el comité editorial.